Roma y los bárbaros

Roma y los bárbaros: ¿una relación de constante enfrentamiento?

Roma se adueñó por las armas del mundo helenístico. Se proclamó su continuadora, con argumentos como que el latín era un dialecto griego, introdujo a Eneas en la genealogía de Rómulo, asumió la tradición homérica con Virgilio como continuador. Pero siguió el programa imperial de Alejandro, si asimiló la lengua y la cultura griega fue solamente para seguir gestionando la administración de sus mismos cuadros helenizados.
En Roma no había un sistema democrático participativo como en Atenas, aún limitado como ya sabemos. Existía una república (el emperador gobernaba con el senado) pero las decisiones personales del soberano eran consideradas leyes. El orden se mantenía gracias al consenso popular.
Los romanos no limitaban el acceso a la ciudadanía, que no implicaba derechos políticos.
Lo que mantenía unidos a estos pueblos era la comunidad de intereses que existía entre la aristocracia romana y los notables locales, quienes gobernaban en las provincias. La administración central sólo podía controlar las provincias a través de una red de municipios y, en general, de poderes locales que gozaban de una considerable autonomía.
No había una cultura ampliamente compartida a diferencia de los griegos, porque el latín no debía ser comprendido plenamente por el pueblo romano. De aquí se puede observar la importancia que va cobrando la propaganda por la imagen, manera como se transmitían los mensajes a la población.
En el terreno de la religión el imperio respetaba a todas las religiones locales.
Sin embargo, Roma no fue capaz de asimilar la cultura de los pueblos que componían esa peculiar forma de asociación que era el Imperio. Exceptuando el caso de los cultos y misterios orientales remanentes del imperio de Alejandro, era una sociedad encerrada, cuyo mundo se dividía en dos partes: el Imperio y los bárbaros.
El Mar Negro parecía ser la frontera del Imperio. Pero este hábito de contemplar la humanidad en el espejo deformante del bárbaro les impedía admitir que más allá de esa frontera había otros mundos, otras culturas y hasta una ciencia y una tecnología que superaban a las suyas como se observaría posteriormente.
El primer grupo de “bárbaros” que los romanos conocen son los celtas. Luego le van a seguir los germanos. A estos últimos los veían a todos iguales y los suponía una raza pura. Tiempo después se va a decir lo mismo de los godos. Quienes tienen un lenguaje propio, una religión común, y unas leyes y costumbres ya definidas. Lo que no van a poseer es unidad política.
Si bien lo que la historiografía tradicional busca plantear son un conjunto de hordas fuertemente armadas, incultas, que realizaban ataques coordinados sobre las fronteras del Imperio, con el objetivo de derribar la cultura y la luz que resplandecía del mismo. A ello hay que presentarle como contraste que las relaciones entre el Imperio y los “bárbaros” no siempre fueron de enfrentamiento. Y aquí hay que analizar los siguientes matices. Estos iban desde el comercio hasta la extorsión, y del cobro de servicios a la percepción de subsidios por no atacar al Imperio. La mayor parte de los “bárbaros” que cruzaron la frontera no lo hicieron como invasores, sino como inmigrantes que se establecían en territorio imperial con autorización, como soldados al servicio del emperador. Y no sólo no pretendían destruir la estructura político – administrativa existente, sino que estaban interesados en conservarla, ya que les servía para percibir los impuestos que se recaudaban para el sostenimiento del ejercito. En el 376 se sublevaron debido a que los funcionarios romanos los habían confinado en lugares más improductivos y habían quedado presa del hambre.
Este sistema de relaciones falló en la parte Occidental. La presión de los “bárbaros” aumentó al tiempo que la economía romana decaía y se replegaba sobre sí misma.
Para entender el colapso del imperio de Occidente hay que comprender los signos de parálisis de la estructura administrativa central y las fracturas sociales que estaban debilitándolo desde mucho antes que los bárbaros asumieran su control. Entre los signos de decadencia podemos encontrar: la privatización de las funciones públicas; las mayores desigualdades económicas; magnates que poseían grandes propiedades de tierra que la hacían cultivar por colonos que huían del endeudamiento y se ponían bajo la protección del patrono.
Los enemigos que destruyeron el imperio son tanto interiores como exteriores, no se trataba sólo del bárbaro que se encontraba más allá de las fronteras, sino también de aquellos que no aceptaban el orden imperial.

Hay una frase que llama la atención del poema de Kavafis que la pronuncian el emperador y el senado: “¿Qué será de nosotros, ahora, sin bárbaros? Porque hay que reconocer que estos hombres resolvían un problema.”

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