La expansión desde
Oriente hacia Occidente: la confrontación con la explicación eurocéntrica
Lo que llamamos “nuestra
civilización” surge en Oriente Próximo con la domesticación de plantas y
animales, y la formación de las primeras ciudades. El proceso de domesticación
fue mucho más allá de la significación económica, puesto que la adopción de
técnicas más intensivas llevó a la dependencia de estructuras políticas y
sociales. Esta agricultura se extendió hacia el Oeste (es decir Europa) en el
promedio de un kilómetro por año.
Las tierras por las que avanzaba
esta nueva y eficaz forma de producción de alimentos, trayendo consigo especies
que no se encontraban en la flora y fauna nativas, estaban habitadas por una
población de cazadores-recolectores que dependían ante todo del bosque. Se
trató de una población que convivió primero con los agricultores y que asoció
más tarde las viejas formas de obtención de subsistencia a las nuevas para
crear con ambas una síntesis.
A esta génesis mestiza, la
historia tradicional presenta la versión de unos orígenes únicos y superiores
europeos. Donde se buscaba acabar con las amenazas de los “retrógrados”
africanos y asiáticos. Englobados todos ellos bajo la categoría de “bárbaros”.
Persiguiendo el fin de quitarles a todas esas poblaciones sus tradiciones, sus
tensiones, su orden político-económico y sociocultural, reduciendo a nada su
cosmovisión en síntesis. Todo ello con el objeto de justificar ideológicamente
la inferioridad de esos otros pueblos para poner de manifiesto la superioridad
europea.
Lo que se busca es dejar de lado
la visión de un pueblo creador, para dar lugar a la del encuentro entre varios
pueblos que hicieron posible el surgimiento con sus aportes los cuales tienen
elementos compartidos.
La religión en el caso de los
griegos se constituye en un buen ejemplo. Se considera que la religión griega
había perdido toda noción de sus orígenes para pasar a integrar toda una serie
de mitos nuevos. Por citar un caso, la figura de Zeus se trataría de un
sincretismo entre las culturas mediterráneas e indoeuropeas.
Otro claro ejemplo de esto pasa
a ser la escritura. El sistema ideado por los sumerios fue la base de formas de
escritura posteriores. Pero sería en Fenicia, encrucijada por donde pasaban
todas las corrientes comerciales y culturales, donde se realizase un avance
decisivo al inventar un nuevo método en el que cada signo representaba un solo
sonido consonántico.
Los griegos, que en la
catástrofe que había arruinado la cultura micénica, adoptaron el alfabeto fenicio
hacia el 800 a .c.
Y el alfabeto reelaborado por los griegos (lo enriquecieron con signos que
representaban las vocales, lo que era un paso muy importante para su adaptación
a lenguas distintas de las semíticas) sirvió de base para el latín que usamos
nosotros.
En síntesis el alfabeto ha
nacido de una serie de interacciones culturales en las zonas de tránsito del
Mediterráneo oriental.
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